🏠 Home
🇪🇸 Español

Sistema Genoma Cero

Frecuencia Anómala

3 reading now
👁️ 52 views
Chapter 1

Mi nuca me martilleaba el lóbulo izquierdo con una frecuencia sorda. Era un recordatorio punzante de que mi biometría no encajaba en los estándares de la Academia; un zumbido eléctrico que, por alguna razón, se intensificaba cada vez que mi irritación subía de tono. Empujé el puente de mis gafas, cuyos cristales gruesos apenas lograban estabilizar la neblina que envolvía el aula de Year 12. San Agustín olía a ozono y a ese perfume caro de la élite que el sistema siempre lograba resaltar, dándole al aire una pureza casi artificial.

Victoria Beaumont se filtró en mi campo de visión borroso. Su silueta recortaba el aire con precisión quirúrgica. Avanzaba entre los pupitres con esa zancada de capitana de atletismo, una fluidez de movimientos que hacía que el resto de los mortales pareciéramos estatuas de barro mal cocidas. Registraba las asistencias en su terminal holográfica, deslizando los dedos sobre la interfaz azulada con una destreza que rozaba lo insultante.

—Foster, asomá la cara de esa cueva si no querés que te ponga ausente otra vez.

Me hundí más en la sudadera. El flequillo castaño me servía de trinchera, un muro de pelo liso que ocultaba mi fatiga visual. En ese momento, una oleada de calor repentina y agradable me recorrió la nuca, suavizando el ardor de mis ojos de forma casi instantánea. Supuse que era el módulo de salud del chip haciendo su trabajo de rutina.

—Presente —mi voz sonó a leve.

Victoria ni siquiera se detuvo. Un destello carmesí brotó de su muñeca cuando validó mi chip de identidad. Éramos frecuencias de radio distintas; ella emitía en una señal satelital nítida y poderosa, mientras yo era puro ruido blanco atrapado en una radio de transistores oxidada. El aula, bajo la luz perfecta de los filtros del edificio, se veía impecable, sin una sola mota de polvo.

La delegada giró sobre sus talones. Sus rizos rubios, perfectos y elásticos, bailaron un segundo antes de recuperar su orden impecable.

—Tu IDU marca una latencia ridícula. Pasate por la enfermería o el sistema te va a bloquear el acceso a las aulas virtuales antes del medía —me dijo, y por un segundo su voz sonó extrañamente distorsionada, como si un filtro se hubiera roto, antes de volver a su tono cristalino de siempre.

Observé su espalda, una línea recta de confianza y estatus. La opresión en mi pecho, ese nudo de insignificancia que cargaba desde que pisé este lugar, se apretó un poco más, pero casi de inmediato sentí un vacío extraño detrás de la oreja, un zumbido sedante que me obligó a relajar los hombros sin que yo quisiera hacerlo. Ella siguió repartiendo su atención como si fuera oxígeno, dejando tras de sí un rastro de perfección inalcanzable. Me quedé ahí, solo, apretando los dientes mientras la nota aguda en mi nuca se volvía insoportable, recordándome que algo en mi cabeza intentaba, a toda costa, que no me sintiera tan mal.

 

El pitido tras mi oreja se volvía una nota aguda e insoportable, una de esas interferencias de la red que siempre parecían cebarse conmigo. Victoria, ajena a mi malestar, seguía su recorrido. El crujido de sus zapatillas deportivas, un lujo silencioso, marcaba su paso por las baldosas impecables, que brillaban con una luz blanca y perfecta que me hería los ojos. Cada pupitre era una parada para su terminal. Sus dedos danzaban sobre el cristal, validando los registros de mis compañeros con una eficiencia mecánica. Me encogí, los muertos de mi cuello tensos. Sentía su presencia acercándose como un imán incómodo, implacable.

Mis ojos, detrás del filtro distorsionado de mis gafas, la siguieron. Ella se inclinaba sobre un compañero, su voz baja y profesional; un susurro de eficiencia que lograba acallar el murmullo del resto del aula. Luego, un movimiento casi imperceptible, un giro rápido de su cabeza. Nuestros ojos se encontraron. Un escalofrío me recorrió la espalda. No era una mirada de reconocimiento, sino la de una depredadora que ha detectado un movimiento errático en su periferia. Mi corazón empezó a bombear, un tambor sordo y descontrolado, pero de inmediato un calor extraño me subió por el cuello. Era una calidez sedante, como si mi propia sangre intentara apagar el incendio de mi vergüenza antes de que empezara a arder.

La interfaz de mis gafas parpadeó con un color verdoso, un ajuste automático de brillo que me envolvió en un velo translúcido. Deslicé mis dedos temblorosos sobre el lateral, buscando ocultarme. Mis pulsaciones se descontrolaban, golpeando en mis sienes, pero esa calidez en mi nuca se intensificó, obligando a mis hombros a relajarse contra mi voluntad. Era como si mi propio cuerpo me traicionara, forzándome a una calma que no sentía, haciéndome sentir aún más pequeño. El aire en mis pulmones se volvió denso, difícil de mover, como si la atmósfera del aula hubiera sido calibrada para sofocarme.

Victoria detuvo su paso. Estaba a solo tres pupitres de mí. El aroma de su perfume —limpio, cítrico, caro— invadió mi espacio, reclamando el oxígeno. Sabía que sonreía. Siempre sonreía así cuando quería establecer su dominio; una expresión tan perfecta y simétrica que no parecía del todo humana a través de mi visor empañado.

El silencio en el aula se volvió pegajoso, opresivo. Las risitas de los demás eran susurros lejanos, amortiguados por ese zumbido constante que ahora llenaba mi cabeza.

—Foster, si seguís escondiéndote detrás de esa interfaz, vamos a tener que cobrar entrada por el espectáculo.

Una ola de risas reprimidas se extendió por la sala, rebotando en las paredes insonorizadas. Me sentí como un insecto bajo una lupa. Mis manos, húmedas y frías, se aferraron al pupitre. El calor en mi cara era insoportable, pero el pitido en mi oído se volvió una melodía monótona que me impedía gritar. Quise replicar, pero las palabras se me quedaron atascadas; mi propia garganta se sentía entumecida, como si estuviera bajo el efecto de una anestesia local que no había pedido.

Ella no esperó respuesta. Dio media vuelta y sus rizos rubios dibujaron una curva perfecta en el aire. Sus zapatillas volvieron a crujir, alejándose por el pasillo. El rastro de su perfume, sin embargo, se quedó anclado en mi pupitre, una mancha invisible que recordaba su victoria. La incomodidad se solidificó en mi pecho, y el pitido constante tras mi oreja, ese ruido que se supone debía garantizar mi bienestar, ahora me parecía una burla silenciosa ante mi propia impotencia.

Mis ojos se desenfocaron. La pantalla de mis gafas se empañó con una humedad que no era sudor. No pude ver los datos ni las líneas de código, solo el caos de mi humillación quemándome por dentro mientras mi cuerpo, inexplicablemente tranquilo, se negaba a temblar. El reloj sobre la pizarra parpadeó con números verdes e indiferentes, marcando el paso de un tiempo que solo parecía detenerse para los errores como yo.

 

Un pitido lacerante taladró mi cráneo. Era ese zumbido que siempre me acompañaba tras la oreja, pero esta vez multiplicado, distorsionado, como una emisora de radio estallando en llamas. Las baldosas bajo mis pies crujían con un sonido metálico que no debería estar ahí, y las voces de los otros alumnos se desdibujaron, convirtiéndose en burbujas lejanas y carentes de sentido. La campana de salida, un estruendo de metal que mi nuca intentaba suavizar sin éxito, me había encontrado perdido en los pasillos. El sol de la tarde se filtraba por los ventanales, tiñendo el aire con un tono naranja tan brillante y perfecto que me dolía; era esa calidez artificial que el sistema siempre proyectaba para hacernos creer que el mundo seguía siendo un lugar apacible.

Mis gafas escupieron una interferencia roja. La interfaz, que solía ser un velo verdoso y protector, ahora era una neblina de estática carmesí, un vórtice digital que se arremolinaba justo en el centro de mi visión. Un escalofrío helado recorrió mi columna y cada vello de mi nuca se erizó; sentí un pinchazo eléctrico donde se asentaba el chip, como si una corriente invisible me hubiese atravesado. El pitido se transformó en un pulso, una descarga que rebotaba en mis sienes. El mundo exterior se volvió nítido por un instante, perdiendo su brillo publicitario, y luego se hundió en una tormenta de ruido blanco.

Me tambaleé, mis dedos se aferraron al marco metálico de la puerta principal. La textura fría de la aleación contra mi palma temblorosa se sentía real, demasiado real, sin el suavizado habitual del tacto digital. Los pocos alumnos que quedaban en el patio se agolpaban en la verja. Sus murmullos crecieron, un coro de asombro que me alcanzó a través de las interferencias de mi propio cerebro.

Levanté la vista. El cielo. No era el atardecer que el sistema quería que viera.

Una herida abierta sangraba en el firmamento. El horizonte, donde mi visión aún intentaba proyectar un naranja reconfortante, ardía con un morado enfermo, un violáceo gangrenoso que devoraba los píxeles del cielo. En el centro de esa llaga cósmica, una estela. Mi interfaz intentó etiquetarla como "basura espacial" o "fenómeno atmosférico", pero el cuadro de texto parpadeó y desapareció en un error crítico. Era un fuego oscuro, una cicatriz que rasgaba el velo del cielo. No dejaba humo, solo una luminiscencia rojiza, hipnótica, que devoraba la luz.

Un trueno sordo brotó de la tierra y me golpeó en el pecho, vibrando en cada fibra de mi ADN. Mis rodillas flaquearon. El zumbido en mi oído se volvió un grito silencioso, el sistema colapsando ante una frecuencia que no podía procesar. Pero no era solo una falla tecnológica. Era algo más, una melodía primordial que se colaba por mis oídos, una vibración que mi cuerpo reconocía de forma instintiva, aunque mi mente no la entendiera.

De pronto, el hambre me asaltó. No era el rugido habitual de mi estómago vacío, sino algo mucho más antiguo. Una mordedura gélida en el alma, un vacío que la dopamina del chip ya no podía rellenar. Era un hambre que me recorría las venas, un escalofrío voraz que me raspaba la garganta. Mi timidez y mi vergüenza constante se evaporaron, reemplazadas por una adrenalina fría. Era como si una parte de mí, dormida bajo capas de sedantes digitales, hubiera despertado de golpe.

El meteorito, ahora visible como una esfera incandescente, se precipitaba. La caída era real. La humillación de Victoria y las burlas de la clase se disolvieron en esa curiosidad salvaje. Mi cuerpo se tensó, listo para lanzarse. ¿Hacia dónde? Hacia el impacto, hacia el desastre, lejos de la calma asfixiante que mi nuca insistía en mantener. Mis piernas se sintieron fuertes, liberadas de la pesadez letárgica de siempre. Un terror electrizante se mezclaba con una excitación que no podía controlar; una llamada silenciosa que me tiraba de las entrañas.

El aire se volvió espeso, cargado de una electricidad palpitante que me erizaba la piel. Mis pies se movieron. Un paso, otro. Me dirigía hacia la salida, con la visión fija en esa herida violácea que caía del cielo, arrastrado por una fuerza que nada tenía poder para detener.

Display Settings

Text Size
Reading Width

Ambient Music

Off by default for this novel

Chapters...