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El Ingeniero de Sangre

El Joven De Los Restos

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Capítulo 1

El zumbido constante y opresivo de los motores de iones vibra en las paredes metálicas, fundiéndose con el martilleo rítmico de una forja industrial que resuena en las entrañas de la nave. De fondo, casi como un eco atrapado en el tiempo, el llanto de un bebé se escucha lejano y distorsionado.

En la inmensidad del vacío no existe la piedad para los débiles. El espacio no es silencio; es un rugido constante de motores pertenecientes a aquellos que cazan para sobrevivir. En este universo, si no eres el depredador, solo eres chatarra esperando ser reciclada.

Hace ocho años, en el Vacío de Orión, la nave civil Amanecer no era más que una carcasa destripada; un sueño de metal que buscaba un nuevo hogar y terminó siendo un ataúd flotante. La flota de los Cazadores de Estrellas la había cercado como lobos a una presa herida. Drak "Yunque" Rorn, en aquel entonces un guerrero de élite, caminaba entre los escombros humeantes con la pesadez de quien ha visto demasiada muerte.

Drak se fijó en una cápsula de salvamento abollada, atrapada bajo una viga de soporte. Dentro, un pequeño bulto se movía: un bebé de apenas meses con ojos grandes y curiosos que desafiaban la oscuridad. El guerrero sintió una punzada de remordimiento, una falla inesperada en su instinto de pirata.

—¡Drak! ¡Deja de perder el tiempo! —la voz de Varkas restalló por el comunicador, cargada de veneno—. El Capitán Korv "Ojo Negro" Slade exige el núcleo de energía ahora. Si te distraes con basura, te degradaré yo mismo aquí mismo.

Drak no respondió. Con un rugido de sus implantes hidráulicos que hizo crujir el suelo, levantó la viga de un solo impulso.

—Maldita sea... —gruñó Drak observando al pequeño—. Tú... te vienes conmigo, pequeño demonio. Te llamaré Toren. Porque vas a tener que ser tan duro como el mineral para sobrevivir a lo que viene.

Ocho años después, en la nave Estrella Sangrienta, el presente era mucho más amargo. El chasquido eléctrico de un látigo de energía golpeando el metal precedió a un jadeo de dolor contenido. Drak ya no era la élite; su insistencia en proteger aquella "carga inútil" lo había arrastrado al décimo puesto en la jerarquía. Y Toren Leks, apodado "Hierro", pagaba el precio como un esclavo de mantenimiento en las entrañas de la nave.

—¡Más rápido, rata de chatarra! —rugió Gruk "Bestia" Thorne, golpeando el conducto donde Toren estaba encogido—. ¡Varkas quiere este motor listo para el asalto! ¡Si Drak no puede controlarte, los lanzaré a ambos por la borda!

Toren, con apenas ocho años, sostenía una soldadora de plasma con manos negras de aceite. El calor dentro del tubo era sofocante, pero su pulso no temblaba.

—Tres segundos, Bestia —respondió Toren con una voz plana y fría que no correspondía a su edad—. Si dejas de golpear el panel, podré alinear los imanes. Si sigues vibrando el casco, el plasma nos derretirá a ambos. Tú elige.

Gruk se quedó mudo por un segundo, su cara roja de furia. Sabía que Toren era el único lo bastante pequeño y brillante para no morir en el intento, así que guardó silencio, masticando su odio.

El siseo del vapor escapando de una tubería dañada acompañó a Toren cuando finalmente salió del conducto, tambaleándose por el agotamiento. Sus pies descalzos golpearon el metal frío, dejando huellas de hollín en la cubierta. Drak apareció desde las sombras del taller, una mole de músculos y cicatrices que se interpuso entre el niño y el látigo de Gruk.

—Vete, Bestia. El chico es mío —sentenció Drak con una voz que sonaba como piedras chocando en el fondo de un pozo.

Gruk escupió al suelo, pero se retiró maldiciendo en voz baja ante la imponente figura del veterano. Drak se giró hacia Toren. El hombre era un gigante con un delantal de cuero endurecido por décadas de chispas. Su rasgo más inquietante, un implante ocular en el lado izquierdo, brillaba con un carmesí intenso mientras escaneaba los daños en el equipo del niño.

—Mírate, Hierro. Pareces más chatarra que niño —gruñó Drak, arrojándole un trapo sucio y un pedazo de pan duro como una piedra.

Toren atrapó el pan con manos que no dejaban de temblar. A sus ocho años, el niño ya no tenía la redondez de la infancia; era un manojo de tendones y huesos prominentes bajo una camiseta gris andrajosa. Sus ojos, hundidos y rodeados de ojeras oscuras, observaban el taller con una inteligencia gélida, analizando cada válvula y cable como si fueran parte de su propio cuerpo.

Drak se sentó pesadamente sobre un motor desguazado, haciendo que el metal crujiera bajo su peso.

—Escúchame bien —dijo Drak, bajando la voz hasta convertirla en un susurro ronco cargado de una culpa que Toren aún no comprendía—. Varkas me ha dado un ultimátum. Mi rango como décimo oficial es lo único que nos separa de una muerte lenta en las minas de asteroides de la frontera. Si no logro que los motores de Korv funcionen a un rendimiento que el resto de la flota no pueda ignorar, nos descartarán como piezas defectuosas.

Toren apretó el pan rancio entre sus dedos manchados de grasa.

—¿Las minas? —preguntó el niño, su voz apenas un hilo seco.

—Polvo y oscuridad, Hierro. Nadie sobrevive un año allí.

Drak puso una mano pesada sobre el hombro de Toren, una presión que era a la vez una amenaza y un refugio.

—Necesito tu ingenio. Necesito que hagas magia con esta basura. Si yo no subo en la jerarquía, tú no tendrás un mañana.

Toren no respondió de inmediato. Se retiró a su rincón, un nido de cables y piezas de repuesto donde se sentía más seguro. Mientras masticaba el pan rancio, sus dedos acariciaron un panel de control oculto bajo una lona. Un pitido digital agudo vibró en el aire, seguido por el parpadeo de una luz azul frente a sus ojos.

Era el Sistema Nova, el núcleo "Fantasma" que solo él conocía. En la interfaz aparecieron mensajes fragmentados: Sincronización al cinco por ciento. Archivo "Amanecer" dañado. Una voz sintética procesó los datos: "Toren... registros fragmentados detectados. La nave civil no cayó por accidente. Sombras detectadas en el mando central... Advertencia: No confíes en las luces rojas".

Toren se detuvo con el pan a medio masticar. Drak siempre le dijo que sus padres lo abandonaron, pero los fragmentos de Nova hablaban de una caída provocada. Un escalofrío le recorrió la espalda mientras miraba la armadura de Drak a lo lejos.

La música de tensión comenzó a subir de volumen en su mente mientras miraba hacia el puente de mando, donde Korv y Varkas gobernaban. Sus manos pequeñas se cerraron en puños llenos de grasa.

—Drak quiere recuperar su puesto usando mi ingenio —susurró Toren, sus ojos volviéndose tan gélidos y calculadores como el vacío exterior—. Se lo daré. Lo haré tan indispensable que nadie pueda tocarnos. Y mientras escalamos, Nova... encontraremos el resto de la verdad.

Toren ha comenzado su juego. No sabe quién mató a sus padres, pero sabe que la verdad está oculta bajo capas de acero y sangre. El Ingeniero ha comenzado su diseño... y la primera pieza es Drak.

 

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